
Enseguida se vio que había predisposición por pasarlo bien. El propio Azpilicueta, haciendo honores de capitán, se enfundó un turbante en cuanto se lo ofreció uno de los niños que los vendía y el resultado gustó, ya que fue imitado al instante. Tras eso, algunos valientes como Asenjo o Domínguez penetraron en la pirámide de Kefrén, de la que salieron asfixiados por el calor y con los lumbares en tensión a causa de la incómoda postura semiagachada que se adopta en su interior.
Iago Falqué, del Bari, se dedicó a los camellos y hasta que no montó en uno no quedó contento. Con las fotos y recuerdos obtenidos, el equipo partió, previo paso por una tienda para comprar joyas y papiros, hacia el Museo Egipcio. Allí remataron la mañana viendo la máscara de Tutankamón. El verdadero tesoro, eso sí, sería ganar este Mundial.
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